LOCUS AMOENUS

DEFINICIÓN DEL TÓPICO

Locus Amoenus es un tópico literario clásico que significa “lugar ameno o bonito”.  Es utilizado especialmente durante la época renacentista. Muchos autores lo definen como un “lugar propicio para el amor”, para el disfrute, para el gozo.

Físicamente el Locus Amoenus se trata de un bello y umbrío paraje compuesto por unos elementos esenciales: un prado con árboles y demás vegetación, con un arroyo o una fuente, normalmente bañado por una refrescante brisa estival, el sonido de los pájaros y la presencia de las flores, siempre alejado de ciudades o lugares habitados.

ORIGEN E HISTORIA DEL CONCEPTO

Los primeros ejemplos de Locus Amoenus  podemos encontrarlos en poetas clásicos como Horacio, Virgilio o Teócrito, que encuadraban las escenas de su poesía en parajes compuestos por los elementos anteriormente descritos.

A través de Petrarca este concepto llegó a los poetas renacentistas, que lo hicieron suyo y lo introdujeron como elemento esencial de sus obras líricas. El primer poeta castellano en introducirlo fue Garcilaso de la Vega que describe varios ‘loci amoeni’ en sus famosas églogas. Durante el renacimiento los poetas han interpretado el Locus Amoenus de formas distintas. Por ejemplo, Fray Luis de León vinculó el Locus Amoenus con el Edén o el paraíso perdido y William Shakespeare lo describió como un espacio alejado de la ciudad, donde sus personajes podían disfrutar de sus pasiones eróticas alejados de la censura de la sociedad. Los ejemplos literarios más claro del tópico según el poeta inglés son ‘Sueño de una noche de verano’ y ‘Tito Andrónico’. Durante el Renacimiento, el Locus Amoenus también se representó en pinturas de temática clásica.

Durante el Romanticismo se le añadió un carácter más salvaje, convirtiéndose en lugares más sombríos, más duros, menos felices y más asilvestrados.

Posteriormente, durante el siglo XIX el concepto se introdujo en el mundo urbano y los bosques se convirtieron en jardines y los ríos en fuentes de piedra.

Actualmente se encuentran miles de ejemplos del Locus Amoenus, sobre todo en la publicidad, aunque en muchos casos el placentero campo es sustituido por soleadas playas tropicales de arena virgen

EJEMPLO CLÁSICO

Un ejemplo clásico es la égloga III, de Garcilaso de Vega:

Cerca del Tajo en soledad amena
de verdes sauces hay una espesura,
toda de yedra revestida y llena,
que por el tronco va hasta la altura,
y así la teje arriba y encadena,
que el sol no halla paso a la verdura;
el agua baña el prado con sonido
alegrando la vista y el oído.

Con tanta mansedumbre el cristalino
Tajo en aquella parte caminaba,
que pudieran los ojos el camino
determinar apenas que llevaba.
Peinando sus cabellos de oro fino,
una ninfa del agua do moraba
la cabeza sacó, y el prado ameno
vido de flores y de sombra lleno.

Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
el suave olor de aquel florido suelo.
Las aves en el fresco apartamiento
vio descansar del trabajoso vuelo.
Secaba entonces el terreno aliento
el sol subido en la mitad del cielo.
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba.

Habiendo contemplado una gran pieza
atentamente aquel lugar sombrío,
somorgujó de nuevo su cabeza,
y al fondo se dejó calar del río.
A sus hermanas a contar empieza
del verde sitio el agradable frío,
y que vayan las ruega y amonesta
allí con su labor a estar la siesta.

No perdió en esto mucho tiempo el ruego,
que las tres de ellas su labor tomaron
y en mirando de fuera, vieron luego
el prado, hacia el cual enderezaron.
El agua clara con lascivo juego
nadando dividieron y cortaron,
hasta que el blanco pie tocó mojado,
saliendo de la arena el verde prado

EJEMPLO MODERNO

Un ejemplo moderno es el poema Soledades, de Antonio Machado, escrito en el 1907.

Hacia un ocaso radiante
caminaba el sol de estío,
y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,
tras los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera
de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,
entre metal y madera,
que es la canción estival.

En una huerta sombría,
giraban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.
Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino
absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa,
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!»

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.
Lejos la ciudad dormía,
como cubierta de un mago fanal de oro trasparente.
Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas
manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.
Yo caminaba cansado,
sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,
bajo los arcos del puente,
como si al pasar dijera:

«Apenas desamarrada
la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,
se canta: no somos nada.
Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.»

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.
(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,
en la tarde, a meditar…
¿Qué es esta gota en el viento
que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado
por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,
cual si estuviera sembrado
de campanitas de oro.

En el azul fulguraba
un lucero diamantino.
Calido viento soplaba
alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,
hacia la ciudad volvía.
Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.
Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.

Marc Masguret

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Un pensamiento en “LOCUS AMOENUS

  1. Desde el locus amoenus renacentista al “locus horrendus” romántico, desde la naturaleza en perpetua primavera como escenario ideal para los diálogos y quejas amorosas (de un neoplatonismo quintaesenciado) de esos pastores tambiuén idealizados como alter egos de los poetas bucólicos que sueñan con su arcadia perdida, pasando por la naturaleza domesticada en el jardín rococo, versallesco y neoclásico o el paisaje como reflejo del estado de ánimo plenamente subjetivo y tenebroso (ruinas, cementerios, tempestades, etc), hasta llegar al contemporáneo escenario urbano, el fondo paisajístico donde se desarrolla la tragic omedia humana ha ido cambiando y adaptándose a los gustos y modas de la época y a las necesidades expresivas de los autores (o biográficas, como el caso de Soria y Antonio Machado). En definitiva, cada uno de nosotros tenemos (por razones diferentes, sentimentales o no) nuestro particular locus amoenus. ¿Cuál es el tuyo?

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