ÍCARO

En la mitología griega, Ícaro fue el hijo de Dédalo, famoso artesano e inventor de artilugios muy útiles. Éste construyó el laberinto de Creta bajo las órdenes del rey de la isla, Minos, en el que fue encerrado junto a su hijo. Dado que el rey Minos controlaba la isla por tierra y por mar, la única forma de escapar era volando con unas alas que Dédalo fabricó para él y su hijo, el cual, a pesar de ser advertido por su padre, voló demasiado cerca del sol, e hizo que la cera que sujetaba sus alas se derritiese precipitándose así hacia el mar que más tarde llevaría su nombre en honor a su persona.

No enfrene tu gallardo pensamiento
Del animoso joven mal logrado
El loco fin, de cuyo vuelo osado
Fue ilustre tumba el húmido elemento.
Las dulces alas tiende al blando viento,
Y sin que el torpe mar del miedo helado
Tus plumas moje, toca levantado
La encendida región del ardimiento.
Corona en puntas la dorada esfera
Do el pájaro real su vista afina,
Y al noble ardor desátese la cera;
Que al mar, do tu sepulcro se destina,
Gran honra le será, y a su ribera,
Que le hurte su nombre tu ruina.

Luis de Góngora

Roger Torres

Un pensamiento en “ÍCARO

  1. Una canción de Presuntos Implicados titulada Ícaro:

    Dos sonetos de Juan de Tassis (1582-1622), conde de Villamediana, que son muy significativos del uso metafórico (en clave erótica-amorosa) de este mito en la época:
    1
    De cera son las alas, cuyo vuelo
    gobierna incautamente el albedrío,
    y llevadas del propio desvarío,
    con vana presunción suben al cielo.

    No tiene ya el castigo, ni el recelo
    fuerza eficaz, ni sé de qué me fío,
    si prometido tiene el hado mío
    hombre a la mar como escarmiento al suelo.

    Mas si a la pena, Amor, el gusto igualas,
    con aquel nunca visto atrevimiento,
    que basta a acreditar lo más perdido.

    Derrita el sol las atrevidas alas,
    que no podrá quitar el pensamiento
    la gloria, con caer, de haber subido.

    2
    ¡Oh volador dichoso que volaste
    por la región del aire a la del fuego,
    y en esfera de luz quedando ciego
    alas, vida y volar sacrificaste!

    Y como en las de Amor te levantaste,
    tu fin incauto fue el piadoso luego
    que te dio libertad, pero tú luego
    más con el verte libre te enredaste.

    Efectos de razón, que aquellos brazos
    soltando prenden, y, si prenden, matan
    con ciegos nudos de eficaz misterio.

    ¡Oh muerte apetecida, oh dulces lazos!,
    donde los que atrevidos se desatan
    vuelven con nueva sed al cautiverio.

    rico quie se

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